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Thursday, November 19, 2009

Intérprete de silencios


Me gustas cuando callas

Tengo la horrible costumbre de ponerle apodos a la gente, es algo así como mi personal tag, rara vez llamó así a las personas en su cara, a veces olvido los nombres, pero los apodos jamás. Cada quien se gana el suyo así que no me siento tan mal. Probablemente yo tenga los míos, me parece justo.

Hoy escuché esa versión y recordé que hace como año y medio lo conocí en el cumpleaños de una amiga. Era amigo de su novio y después de eso me invitó a salir. Le gustaban los buenos vinos, la buena mesa y el vocabulario florido, se quejaba de su vida "burguesa" a mí eso me daba risa, eso de brindar con un vino caro por la hambruna mundial. (No que esté excenta, pero tampoco me quejo) Luego le dió por leerme poemas... no me malentiendan, no soy una perra sin corazón, simplemente es raro... al menos para alguien que recién conoces. El caso es que se dió la tarea de instruirme en Bennedetti, Sabines, Béquer, Machado y demás románticos. Sin saber que yo ya estaba instruída, sin saber que yo había dejado de ser cursi a los 15; Insisto no me malentiendan, Dios sabe que hace tiempo que padezco de Yuria como diría Sabines, pero me es difícil ablandarme con el primero que me recita el poema XX de Neruda, que es bueno pero es simplemente el más obvio, ni el primero que me dedicara "Me gustas cuando callas". De ahí que se ganara su mote de "Neruda". El caso es que mientras me decía que era como la noche callada y constelada yo escuchaba incrédula y pensaba que en realidad no hay muchos buenos intérpretes de silencios. Escasean ya que es literalmente lengua muerta. Hay silencios ensordecedores y hay silencios que son vacío y no me malentiendan, hay vacíos que quieren ser llenados. Hay abismos que te regresan la mirada diría Nietzche (aunque en otro contexto). pero hay quien se niega a ver el abismo, lo mira imaginándose que es otra cosa como un niño que tiene que pasarse un trago amargo y entonces el vacío se sale de su contenedor y lo rodea todo.

Por un segundo él comprendió. Vió mi cara de quien escucha pero no entiende y se excusó, me dijo que la poesía es de quien la hace suya (en tono defensivo). Lo cual es cierto no me malentiendan... Ante la defensiva, le dijé que estaba equivocado, me refería a que para hacerla tuya se necesita más que recitarla y se necesitan más que palabras. No creo que lo haya entendido. Creo que nunca le escuché nada que fuera parecido a su voz. Además creo que soy más del tipo de acciones, no de palabras, palabas he escuchado muchas y si fuera de poemas creo que funcionaría más algo de Girondo aunque me dijeran que tengo aliento de inseticida y extremidades de palmípedo pero soy su lu.

Friday, July 10, 2009

La palabra misteriosa del día de hoy es... Iridiscente

(Del lat. iris, -ĭdis, iris).
1. adj. Que muestra o refleja los colores del iris.
2. adj. Que brilla o produce destellos.


La iridiscencia es un fenómeno óptico caracterizado como la propiedad de ciertas superficies en las cuales el tono de la luz varía de acuerdo al ángulo desde el que se observa la superficie, como en las manchas de aceite, las burbujas de jabón y las alas de una mariposa.
La iridiscencia es causada por múltiples
reflexiones de la luz en múltiples superficies semitransparentes, donde los subsecuentes cambios de fase e interferencia de las reflexiones modulan la luz incidente por la amplificación o atenuación de las diferentes frecuencias.
La palabra
iris tiene su origen en la palabra Griega Iris (Iri*s), que significa luz, y era el nombre de la diosa Iris en la Mitología griega, quien es la personificación de la luz y actuaba como diosa del sol.(1)

Bueno en oposición a todas estás descripciones hermosas, si... La nana Toña tenía piel iridiscente, y NO, No estoy haciendo un uso indiscriminado de la palabra. Ha usted escuchado correctamente I-RI-DI-SCEN-TE.

Su piel era gris verdosa, pero dependía de que lado la vieras era el color exacto que tomaban sus mejillas, cada porción era distinta, como escamas de salamandra y tenía negros los poros. La recuerdo con su pelo negrísimo y chino, arrugas que le cortaban la cara, sus ojos azules, piel gris verdosa SI IRIDISCENTE y fumándose un cigarro en la cocina. Invariablemente de la hora y del día, echándole el humo a la jaula de los pajaritos de la abuela Ema.

Esa mujer que durante toda mi vida la vi de la misma edad desde mi primera visita en Monterrey, hasta el día que murió la abuelita. Esta es la razón por la que no soy fumadora, por que de niña tenía pesadillas de que su piel se le caía a pedazos como escamas de reptil.

El cáncer? No creo en el cáncer... todos nos vamos a morir de algo, pero la piel... júzguenme vanidosa, eso si me aterra.
























1. http://www.wikipedia.org/

Monday, April 23, 2007

smell like teen spirit


Yo creo que en mi otra vida fui junkie...
Me encantan los olores del thinner, de los solventes, de la pintura, los barnices, la gasolina, los marcadores esterbrook... en fin. Toda clase de olores prohibidos para menores de edad. No sé por qué. Pero soy de la teoría de que ninguno de nuestros sentidos como el olfato tiene un poder tan sutil y penetrante como el los aromas en nuestra memoria.

Hay imagenes que se nos quedan grabadas para siempre, pero creo que con el tiempo si son muy malas las bloqueamos, si son buenas las hacemos en nuestra memoria aún mejores, incluso hay otras que simplemente se van desvaneciendo como una hoja llena de trazos en carboncillo.

Hay sonidos que reconocemos, pero a veces aún una canción que fuera en algún tiempo pasado nuestra predilecta. En un momento presente, nos es imposible de reproducir en la memoria.

El sentido del gusto es el más ambiguo de todos, yo al menos he cambiado mucho a lo largo de mi vida, recuerdo que de niña me encantaban los algodones de azúcar; y en una ocasión hace algunos años vi un vendedor y me causó esa misma emoción que antes, fui corriendo a comprar una de esas nubes color rosado, y Dios! que empalague!!, sólo pude con dos pequeños trozos. Por el contrario, el olor a azúcar quemado aún puedo reproducirlo en mi cabeza y me sigue provocando el mismo placer que de antaño. (calmate! viejita de antaño).

El tacto es tan cotidiano, que no le damos importancia, todo el día nuestra piel esta rozando con la ropa, los instrumentos de trabajo, la baranda metálica y fría de las escaleras, otra piel, el frío, el calor... que se ha vuelto de lo más instrascendente...

Sin embargo el olfato se adentra en lo más primitivo de nosotros, a veces no como una imagen que nos trae un recuerdo concreto, si no más bien un sentimiento irracional: felicidad, miedo, seguridad, paz, etc. A veces es muy difícil descifrarlo, pues no nos acordamos bien a bien del recuerdo primario de ese olor, relacionado con un hecho específico y que provocó en nosotros una reacción, que incluso se pudo generalizar a un grado de determinar parte importante de nuestra personalidad o nuestros gustos. Por ejemplo alguien me comentaba justo ayer que no le gustaban los mariscos por cómo olían. A mi me encantan los mariscos y aunque su olor al prepararlos no sea lo más agradable, a mi me huele a mar, a vacaciones de navidad, y de ahí se desata una cadena: a pelo mojado con agua de mar, besos salados, castillos de arena húmeda, aire caliente de trópico, piel con bronceador y plástico de salvavidas.

Por ejemplo recuerdo el inicio de clases, me encantaba el olor a libro nuevo, al plástico de los empaques de los útiles, el del caolín de las hojas de los cuadernos, el de los uniformes recién estrenados, el olor al salón de clases justo el primer día (ya los demás estás tan acostumbrado que no lo notas)al plástico de la lonchera y del frutsi de uva, del aluminio impregnado a chocolate, a zapato con suela de goma sin usar. Y justo eso, el conjunto de esos olores hacían para mi el parte indispensable del paquete del regreso a clases. Aún ahora, cuando compro un libro nuevo, o salgo de la papelería con una bolsa repleta de cosas, siento esa alegría, esa ansiedad, esa curiosidad y un poquito esa tristeza de cuando se acaban las vacaciones.

El olor a carbón y anafre de la obra me devuelve inevitablemente a la sierra: al aroma de una fogata perfumada con ocote. Me encanta ese aroma a hierba, a leña, a verde. Ese olor de alguna manera inexplicable me abraza y me suelta al mismo tiempo a las barrancas.

Las personas cada una tiene un olor peculiar, algunos casi imperceptible, otros demasiado profundo como para olvidarlo. No sé lo demás, yo al menos no puedo dejar de voltear la cabeza ante una loción de hombre deliciosa, o incluso el olor particular de algunas personas al pasar.