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Thursday, August 26, 2010

Amable


Una vez alguien me dijo que era amable,
y que esto es que era una persona fácil de amar,
creo que ha sido el piropo mas lindo que me han dicho.

Friday, September 11, 2009

Hija de la mothernidad

Otro día más apresuro el paso para no toparme con Don Rayito de Sol, un hombrecito feliz que siempre que me ve me hace un festín de frases elaboradas. Lo veo de reojo caminando hacia mí, pero por más que intento no puedo escapar: me grita mi nombre y me sordeo, me dice que tiene un mensaje importante. Entonces atrapada me detengo a escucharlo y me dice que "hoy Dios pinto el cielo justo para mí". No importa el tema, siempre es lo mismo tiene un opening line que me deja completamente muda, nunca tengo la respuesta correcta a lo que me dice, nunca se me ocurre nada inteligente, sensato o si quiera amable además de un simple "Gracias" y una sonrisa forzada para su parafernálica amabilidad.

Llámenme antisocial pero para trabajar me gusta llegar, hacer lo mío e irme. Cuando tengo tiempo (y ganas) de platicar, me gusta hacerlo con una taza de té en la mano (eso desde que soy intolerante a la lactosa) sentada de chinito en un sitio cómodo y sin pensar que tengo más pendientes por atender en el día, no digo que no me permita echar el chal mientras atiendo asuntos en mis horas laborales pero no cada vez que corro al estacionamiento tarde para alguna cita, que esto es casi siempre.

Yo creo que es culpa de nuestro fastfood lifestyle. Amo los cajeros automáticos y la banca por internet, el drive thru y la domiciliación de pagos y todo aquello que me haga la vida fácil, que me evite colas y que me agilice la vida. Desgraciadamente tengo que decirlo: el contacto humano es un factor retardante en los procesos, uno va saluda, pregunta, pide, recibe, corrige, cambia y agradece. Esto si le va bien, si no es que alguien se pone sentimental y le hace plática, en el mejor de los casos, lugares comunes, en el peor te agarran de su confidente sentimental. Razón primaria por la que ODIO los salones de belleza. Una va a veces con el tiempo contado entre una cosa y otra. Pero como que por tradición el servicio de shampoo incluye terapia y la silla de peluquero se convierte en diván y yo sólo quiero dormir mientras me masajean mi cuerito cabelludo. En cambio nunca falta la mujer solidaria (por no decir metiche) que también opina y da pie al debate.

Y que decir de ir al súper con mi madre... es todo un ritual social, ella va de noche cuando casi no hay gente (lo cual agradezco) pero aún así saluda al guardia, le pregunta por sus hijos de los cuales tiene conocimiento y lo mismo sucede con la de las carnes frías, el panadero, el carnicero. Acude siempre que puede con la misma cajera y el mismo cerillo que para esas horas generalmente es un hombre de edad al cual lo mismo actualiza sobre su vida y milagros.
Ir a algún lado con mi abuelo es aún peor... hace como un mes lo llevé al banco, viernes de quincena y medio día. Me presentó a la cajera, fuimos a saludar a cada ejecutivo de cuenta todo esto ante la mirada atónita de toooda la fila por supuesto, temiendo yo por mi integridad física y la de mi abuelo que ante semejante charla digna de café y galletas algún tarjetahabiente nos agrediera por estar deteniendo la cola. Por lo que respecta a los funcionarios bancarios, todos conocen a mi abuelo, él trabajó como 20 años en dos bancos. Incluso fuera del banco todos lo conocen, no importa el lugar al que vaya. Incluso cuando murió mi abuela fueron hasta los cajeros del Mode a darle el pésame. Lo cual seguro es lindo, pero creo que es mucho para mí.
Mi cortesía robótica y minimalista apenas me deja completar mis pendientes. No es excusa lo sé a veces uno dice las cosas más por rutina que por interés. Hace como un año por ejemplo me econtré a una compañera de la universidad en el Office Max en la caja cargada de planos que mientras me iban entregando iba doblando para llevar a desarrollo urbano antes de que me cerraran y entre mi ajetreo le pregunto -¿Cómo estás? sin realmente esperar respuesta. A lo que sin previo aviso me contesta que su madre acababa de fallecer después de varios meses de luchar contra un cáncer muy difícil. Por supuesto además de que se me cayeron los calzones y me quedé sin palabras, me sentí como la pieza de mugre más pequeña del lugar.

Cuántas veces no vamos corriendo por la vida sin darnos cuenta de quién esta a nuestro alrededor,sin embargo tampoco vamos cargando con tooodo ese peso de saberlo. Es egoísta, pero a veces es una manera de sobrevivir. Es un poco mecanismo de defensa, a veces no estamos preparados para realmente conectarnos con otras personas, ir cargando además de nuestros paquetes los ajenos. En lo personal odio las pláticas superficiales y los lugares comunes, pero quizá es la única manera de hacer contacto con muchas personas que quizá es lo único que piden.

Tuesday, September 01, 2009

Signos de la edad


Creo que hay signos que delatan más nuestra edad que todas las canas y todas las arrugas.


El hecho de que me incomode que la gente me hable de tú cuando no me conoce será que soy anticuada o que me estoy volviendo vieja? Ya no hay respeto...

Friday, July 10, 2009

Mi maldita arrogancia

Alguien murmuró en la sala que se aproximaba, todos guardaron silencio y se acomodaron, yo hice lo propio. Me lo presentaron a él y todas sus credenciales. Me examinó de arriba a abajo e iniciamos una charla sobre diseño. Me preguntó mis credenciales y me recomendó que hiciera una maestría lo antes posible. Me dijo: "No se querrá ver inmiscuida en la obra y en la construcción", esas no son actividades de una dama como usted. Su comentario me pareció ofensivo partiendo del punto de que es parte de lo que actualmente hago. En un momento me hice pequeña en la silla después de aquél interrogatorio.

Poseriormente inició un discurso sobre creatividad y sobre romper paradigmas para lograr un buen diseño, le pregunté si había leído a Norman Potter (con el objeto de ver si me prestaba el libro), me dijo que no, pero me recomendó una película; y me dijo que seguro cambiaría mi visión sobre el diseño y sobre todo lo conocido. Me dijo: por ejemplo ahi esta "el servilletero" o el puente atirantado de Bulnes. -Esas son obras que han desafiado paradigmas. Le pregunté yo Qué pensaba de que una obra como el servilletero pusiera en prioridad la forma sobre la función y le pregunté que si había escuchado la polémica de que en realidad el atirantado era una copia del Alamillo de Calatrava a lo que me contestó con aires de quien lo ha visto todo, que uno en realidad no innova, y que ya todo está hecho. Lo importante es ser diferente de la mayoría. Me dijo que los arquitectos teníamos una manía de hacer cosas cuadradas cuando podíamos hacer cosas curvas o más ingeniosas. Fue entonces que entendí que no valía la pena discutir. El resto de la plática sonreí y asentí, buscando algún sarcasmo en sus palabras. Pero no, estaba limpio.
Al terminar la plática me dijo que le agardaba conocer personas que compartieran su pensar. La verdad es que el resto de la plática no intervine, él sólo escuchó el eco de su voz, volví a sonreir claro, pero con sarcasmo. Él no lo notó. En el fondo veía la imagen de mi papá manejando y voltéando al asiento de atrás con una mirada de desaprobación moviendo la cabeza en negativa y diciéndome -Chipis no puesdes ser así de criticona, tú no eres superior a nadie, mientras yo le decía: -Pero tú lo escuchaste, yo no he dicho nada...

Monday, April 23, 2007

smell like teen spirit


Yo creo que en mi otra vida fui junkie...
Me encantan los olores del thinner, de los solventes, de la pintura, los barnices, la gasolina, los marcadores esterbrook... en fin. Toda clase de olores prohibidos para menores de edad. No sé por qué. Pero soy de la teoría de que ninguno de nuestros sentidos como el olfato tiene un poder tan sutil y penetrante como el los aromas en nuestra memoria.

Hay imagenes que se nos quedan grabadas para siempre, pero creo que con el tiempo si son muy malas las bloqueamos, si son buenas las hacemos en nuestra memoria aún mejores, incluso hay otras que simplemente se van desvaneciendo como una hoja llena de trazos en carboncillo.

Hay sonidos que reconocemos, pero a veces aún una canción que fuera en algún tiempo pasado nuestra predilecta. En un momento presente, nos es imposible de reproducir en la memoria.

El sentido del gusto es el más ambiguo de todos, yo al menos he cambiado mucho a lo largo de mi vida, recuerdo que de niña me encantaban los algodones de azúcar; y en una ocasión hace algunos años vi un vendedor y me causó esa misma emoción que antes, fui corriendo a comprar una de esas nubes color rosado, y Dios! que empalague!!, sólo pude con dos pequeños trozos. Por el contrario, el olor a azúcar quemado aún puedo reproducirlo en mi cabeza y me sigue provocando el mismo placer que de antaño. (calmate! viejita de antaño).

El tacto es tan cotidiano, que no le damos importancia, todo el día nuestra piel esta rozando con la ropa, los instrumentos de trabajo, la baranda metálica y fría de las escaleras, otra piel, el frío, el calor... que se ha vuelto de lo más instrascendente...

Sin embargo el olfato se adentra en lo más primitivo de nosotros, a veces no como una imagen que nos trae un recuerdo concreto, si no más bien un sentimiento irracional: felicidad, miedo, seguridad, paz, etc. A veces es muy difícil descifrarlo, pues no nos acordamos bien a bien del recuerdo primario de ese olor, relacionado con un hecho específico y que provocó en nosotros una reacción, que incluso se pudo generalizar a un grado de determinar parte importante de nuestra personalidad o nuestros gustos. Por ejemplo alguien me comentaba justo ayer que no le gustaban los mariscos por cómo olían. A mi me encantan los mariscos y aunque su olor al prepararlos no sea lo más agradable, a mi me huele a mar, a vacaciones de navidad, y de ahí se desata una cadena: a pelo mojado con agua de mar, besos salados, castillos de arena húmeda, aire caliente de trópico, piel con bronceador y plástico de salvavidas.

Por ejemplo recuerdo el inicio de clases, me encantaba el olor a libro nuevo, al plástico de los empaques de los útiles, el del caolín de las hojas de los cuadernos, el de los uniformes recién estrenados, el olor al salón de clases justo el primer día (ya los demás estás tan acostumbrado que no lo notas)al plástico de la lonchera y del frutsi de uva, del aluminio impregnado a chocolate, a zapato con suela de goma sin usar. Y justo eso, el conjunto de esos olores hacían para mi el parte indispensable del paquete del regreso a clases. Aún ahora, cuando compro un libro nuevo, o salgo de la papelería con una bolsa repleta de cosas, siento esa alegría, esa ansiedad, esa curiosidad y un poquito esa tristeza de cuando se acaban las vacaciones.

El olor a carbón y anafre de la obra me devuelve inevitablemente a la sierra: al aroma de una fogata perfumada con ocote. Me encanta ese aroma a hierba, a leña, a verde. Ese olor de alguna manera inexplicable me abraza y me suelta al mismo tiempo a las barrancas.

Las personas cada una tiene un olor peculiar, algunos casi imperceptible, otros demasiado profundo como para olvidarlo. No sé lo demás, yo al menos no puedo dejar de voltear la cabeza ante una loción de hombre deliciosa, o incluso el olor particular de algunas personas al pasar.