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Thursday, April 15, 2010

mientras tanto



Termino de bailar, llego a la casa agotada de hacer ejercicio
con mis piernas cansadas y aún palpitantes
miro el celular.

Abro sin ganas el refri,
saco el bote de yogurth  que sólo tiene un poco,
me lo como a cucharadas del bote.
Saboreo lentamente mi cena.
Miro el celular.
Mientras tanto saco del clóset una toalla afelpada 
y me voy al baño caminando como sonámbula
con la cabeza inclinada y con la toalla de almohada.

Miro el reloj,
saco una manga y luego la otra,
dejo caer mi ropa al piso.

Abro la regadera
el vapor rodea el espejo y llena el espacio,
dibujo una carita en el espejo y luego dibujo otra
Entro al chorro humeante de la regadera.
 Dejo que el agua me alacie el cabello, y acaricie mi cabeza
lo cepillo con mis dedos con un shampoo que huele a fresas
y masajeo mi cabeza.
Me tallo cada dedo, cada codo, cada doblez con un exfoliante
que promete oler a fresas & champagne
y que hace cosquillas.


La toalla me recibe con un abrazo
 y enrollo un turbante en mi cabeza
Me embetuno las piernas de un frasquito nuevo
de una crema que huele a canelitas.
jeans o piyama? jeans o piyama?
deslizo la piyama color azul.
Ato el moñito de terciopelo que tiene al frente
completando el look de que pena que me agarras en esta facha
y veo el reloj...

Mientras tanto me siento en la cama,
miro el reloj, miro el celular.
y cepillo mi cabello.
Lo sujeto atrás con una pinza
y me pinto las uñas de los pies de color vino
me los despinto. Muy femme fatale...
Me los pinto de color rosa barbie,
muy cursi...
Me las despinto
Me los barnizo natural.
miro el reloj...

Pongo mis pies recién pintados en un cojín
y miro el reloj, mientras tanto
saco un libro y lo hojeo.
Capítulo tres...
lo hojeo y vuelvo a empezar Capítulo tres...
Apago la luz y dejo sólo prendida la de la lámpara de noche,
me escabullo entre las sábanas
dejo el celular en la mesita y lo prendo.
La luz verde neon ilumina mi cara
lo dejo nuevamente
sigo leyendo, pero es inútil. No asimilo una palabra,
no puedo concentrarme.
Mientras tanto... recuesto mi cabeza en la almohada
y me hago bolita.
Suena el celular
y brinco....
Un mensaje...

la luz del celular ilumina mi cara
"Nena no me esperes me quedo a ver el box"

Cierro el libro,
me alcanzo unos calentadores de colores estilo chimoltrufia,
meto los pies,
apago la luz
y me zambullo en las cobijas.

Monday, April 23, 2007

smell like teen spirit


Yo creo que en mi otra vida fui junkie...
Me encantan los olores del thinner, de los solventes, de la pintura, los barnices, la gasolina, los marcadores esterbrook... en fin. Toda clase de olores prohibidos para menores de edad. No sé por qué. Pero soy de la teoría de que ninguno de nuestros sentidos como el olfato tiene un poder tan sutil y penetrante como el los aromas en nuestra memoria.

Hay imagenes que se nos quedan grabadas para siempre, pero creo que con el tiempo si son muy malas las bloqueamos, si son buenas las hacemos en nuestra memoria aún mejores, incluso hay otras que simplemente se van desvaneciendo como una hoja llena de trazos en carboncillo.

Hay sonidos que reconocemos, pero a veces aún una canción que fuera en algún tiempo pasado nuestra predilecta. En un momento presente, nos es imposible de reproducir en la memoria.

El sentido del gusto es el más ambiguo de todos, yo al menos he cambiado mucho a lo largo de mi vida, recuerdo que de niña me encantaban los algodones de azúcar; y en una ocasión hace algunos años vi un vendedor y me causó esa misma emoción que antes, fui corriendo a comprar una de esas nubes color rosado, y Dios! que empalague!!, sólo pude con dos pequeños trozos. Por el contrario, el olor a azúcar quemado aún puedo reproducirlo en mi cabeza y me sigue provocando el mismo placer que de antaño. (calmate! viejita de antaño).

El tacto es tan cotidiano, que no le damos importancia, todo el día nuestra piel esta rozando con la ropa, los instrumentos de trabajo, la baranda metálica y fría de las escaleras, otra piel, el frío, el calor... que se ha vuelto de lo más instrascendente...

Sin embargo el olfato se adentra en lo más primitivo de nosotros, a veces no como una imagen que nos trae un recuerdo concreto, si no más bien un sentimiento irracional: felicidad, miedo, seguridad, paz, etc. A veces es muy difícil descifrarlo, pues no nos acordamos bien a bien del recuerdo primario de ese olor, relacionado con un hecho específico y que provocó en nosotros una reacción, que incluso se pudo generalizar a un grado de determinar parte importante de nuestra personalidad o nuestros gustos. Por ejemplo alguien me comentaba justo ayer que no le gustaban los mariscos por cómo olían. A mi me encantan los mariscos y aunque su olor al prepararlos no sea lo más agradable, a mi me huele a mar, a vacaciones de navidad, y de ahí se desata una cadena: a pelo mojado con agua de mar, besos salados, castillos de arena húmeda, aire caliente de trópico, piel con bronceador y plástico de salvavidas.

Por ejemplo recuerdo el inicio de clases, me encantaba el olor a libro nuevo, al plástico de los empaques de los útiles, el del caolín de las hojas de los cuadernos, el de los uniformes recién estrenados, el olor al salón de clases justo el primer día (ya los demás estás tan acostumbrado que no lo notas)al plástico de la lonchera y del frutsi de uva, del aluminio impregnado a chocolate, a zapato con suela de goma sin usar. Y justo eso, el conjunto de esos olores hacían para mi el parte indispensable del paquete del regreso a clases. Aún ahora, cuando compro un libro nuevo, o salgo de la papelería con una bolsa repleta de cosas, siento esa alegría, esa ansiedad, esa curiosidad y un poquito esa tristeza de cuando se acaban las vacaciones.

El olor a carbón y anafre de la obra me devuelve inevitablemente a la sierra: al aroma de una fogata perfumada con ocote. Me encanta ese aroma a hierba, a leña, a verde. Ese olor de alguna manera inexplicable me abraza y me suelta al mismo tiempo a las barrancas.

Las personas cada una tiene un olor peculiar, algunos casi imperceptible, otros demasiado profundo como para olvidarlo. No sé lo demás, yo al menos no puedo dejar de voltear la cabeza ante una loción de hombre deliciosa, o incluso el olor particular de algunas personas al pasar.