
Ahora sí esto se siente desolado, desaparecieron las trescientoscincuentaycuatromil ridículas figuras de acción que amenazaban con sus capitas y armas sofisticadas el cuarto de Memo. Por años me pareció de lo mas absurdo que el cuarto de mi casi treintón hermano estuviera adornado con tanto juguete, que ocupaba vital espacio en su librero. Colgados en el techo los avioncitos, pegados a las paredes los hombres araña y en pleno combate el resto de la liga de la justicia, me sacaban ronchas cada vez que entraba a esa baticueva.
Pero por fin un año después de casarse decidió sacarlo todo, lo metió en cajas y lo guardó. Nunca habrá otro cuarto así porque Monze como yo, tampoco es fan de semejante estilo interior. Nunca volveré ha hacer un comentario sarcástico sobre sus monos y ahora si me queda claro que se fue ese niño que siempre me sacó de quicio, que me sacaba tremendos sustos al subir las escaleras, que me tiraba de la bici y que no me dejó aprender a manejarla, ese que cuando yo tenía 3 me dijo que si alguien me pegaba, ya estaba grandecita para aprender a defenderme sola. Ese que a media noche me exasperaba despertándome para contarme como le había ido. Indiscreto como él sólo sabía ser, teatrero y exgerado. Que se comía todo mi plato para evitarme un castigo, que se desvelaba conmigo haciendo infinidad de cortes precisos en mis maquetas, que me hacia el paro y mentía sobre mi paradero o me secuestraba a mitad de la noche para seguirle a la parranda y se chutaba el sermón echándose la culpa. Ese quien se salía siempre con la suya con una sonrisa y un chiste blanco, rojo y morado. Ese que llenaba todo el espacio, acaparaba toda la atención y ahora deja un librero vacío. Ese que es la hermana que nunca tuve, y que nunca fue mi hermano. Siempre ha sido mi colega, mi cómplice y mi amigo.
(Ya sacó los monos, y el clóset cuándo?!?!?!)